“La misión es la primera acción en la que se basa la evangelización”[1] y tiene su fundamento en Dios mismo quien, habiéndose revelado, instituyó la Iglesia, para que continúe la acción, que el Padre había encomendado a su Hijo, Cristo.  Es así, como el anuncio del Reino de Dios, pasa a ser para todos y responsabilidad de todos aquellos que han sido bautizados, siendo testimonio vivo del evangelio, con sus palabras y sus obras, para sí crear comunidades cristianas.             

Del concepto misión, podemos decir, hoy en día, que todo lo que puede ser transformado por la acción salvífica del Evangelio, forma parte de ella, es decir, donde encontramos grupos de personas que no conocen a Jesucristo, por el Evangelio hay misión; donde existan comunidades cristianas no maduras, ahí hay misión; donde existan bautizados que han perdido la fe, también hay misión.   

Además es completamente necesaria, pues si los hombres no se acercan a la Iglesia, es ella la que debe ir a la gente, saltando cualquier obstáculo que se le presente en dicha tarea[2].    

Así, tenemos que puede suceder que la falta de testimonio cristiano, tanto a nivel personal como comunitario, la lucha entre fe y cultura y la falta de diálogo frente a situaciones nuevas, constituyen unas de las grandes dificultades de tipo histórico que se le presentan a la misión.

Por otro lado, la sobrevalorización de lo empírico y técnico, y por ende, el alejo a lo trascendente, además de la secularización, la fragmentación cultural, etcétera, constituyen otros de los grandes obstáculos culturales que se le presenta a la acción misionera dela Iglesia. 

Esas dificultades, han logrado crear en el hombre un individualismo descomunal, que hace poco atrayente la invitación que la Iglesia le hace[3]. 

Como la Iglesia es “sacramento universal de salvación”[4] y su misión es estar presente dentro de la sociedad, para ser la continuadora de la acción de Cristo[5], ella se humaniza, del modo que Dios se hace humano en su Hijo, asentando su misión en la humanidad.        

A partir de lo anterior, podemos hablar de distintos grados misioneros de presencia de la Iglesia en el mundo: una individual, correspondiente a cada bautizado; otra de tipo laical y religiosa; y por último el magisterio y la palabra magisterial[6].               

La Iglesia asume la cultura del mundo y la intenta purificar por medio del Evangelio, mediante in diálogo creativo entre cultura-palabra.  Ello queda plasmado en lo que actualmente pasa con los laicos, quienes se han transformado en la presencia eclesial más eficaz para la misión[7]

 


[1] RAMOS, Julio. Teología pastoral. Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1995, p 233 [2] Cf. Op. Cit. p 237-238

[3] Cf. Op. Cit. p 240-241

[4] LG 1

[5] Cf. RAMOS, Julio. Teología pastoral. Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1995, p 242

[6] Cf. Op. Cit. p 243

[7] Cf. Op. Cit. p 244